Tres pájaros, y unas cosas que me enseñaron

3 pájaros, y unas cosas que me enseñaron

Recientemente me han pasado varias cosas con pájaros. Cada historia ha tenido un significado diferente para mí, cada una me ha enseñado algo o me ha hecho recordar algo que ya sabía mostrándomelo desde una nueva perspectiva.

Es curioso, me ha dado la sensación de que las tres historias están muy conectadas con esto de “ojos que no ven, corazón que no siente” y, por extensión, con la manera en la que percibimos nuestras responsabilidades o nuestras acciones frente a todas las cosas que pasan a nuestro alrededor… las que vemos y las que no vemos, las que nos tocan y las que no, las que invocan a nuestra empatía y las que nos “permiten” hacer la mirada al lado y seguir de largo.

Una historia ya pasó, la otra todavía no ha pasado del todo, y la otra todavía no la proceso. Sin embargo quiero compartir las cosas que he pensado a partir del encuentro casual con estos tres pájaros, porque pienso que también pueden llevarte a alguna reflexión importante.

 

Cuando podemos hacer algo… y fracasamos

Hace un mes más o menos fui a dar una clase en una de las universidades en que trabajo y, cuando iba a entrar al salón, noté que había una tórtola parada en el borde de un ventanal, uno de esos que son muy grandes pero que no abren por ningún lado y que siempre se convierten en trampas para las aves y los insectos. Es difícil describir las características del edificio pero era casi imposible atrapar a la tórtola, el ventanal quedaba demasiado lejos del alcance de cualquier persona, y si la tórtola venía hacia un punto en el que era fácil agarrarla, se asustaba con facilidad y volvía al punto de aquí-nadie-me-alcanza. Pedí ayuda y estuve un rato tratando de alcanzarla pero fue imposible.

La sensación que tuve fue la misma que he tenido en tantas otras ocasiones: profunda impotencia y ganas de poder decirle en su propio lenguaje que lo único que quiero es ayudarla, que no tema, que no le voy a hacer daño y que por favor se acerque. Traté de decírselo con los ojos, con la posición de mi cuerpo… pero la tórtola sólo me miraba con esos ojitos redondos y negros y con cara de confusión mientras trataba una y otra vez de volar a través del vidrio.

Entré a clase porque no supe qué más hacer. Después de un rato vi que pasó volando hacia una cúpula de vidrio que está en el centro del edificio, en la que tampoco iba a encontrar una salida. Ahora sí que estaba 100% fuera de mi alcance. La miré cada vez que salía del salón, hasta que empezó a oscurecer y vi cómo se acomodaba para dormir, resignada, seguramente esperando poder encontrar una salida a la mañana siguiente.

No tengo idea de si pudo salir o no. Sólo sé que una semana después, cuando volví a dar clase, ya no estaba… o salió por algún lado o murió intentándolo. Pero yo no lo vi. Nunca lo voy a saber.

Cuando podemos hacer algo… y lo logramos

Hace un par de semanas salí con R (mi pareja) a dar una vuelta en bici; queríamos pasear y tomarnos una cerveza. Justo antes de llegar al lugar de las cervezas vi en la calle a un animalito con movimientos raros; me acerqué y vi que era un pichón de tórtola que estaba tratando de volar y no era capaz… estaba solo en medio de la calle, y ya estaba oscureciendo, y a mí se me rompió el corazón.

Paré y traté de acercarme para agarrarlo mientras le hacía señas a una moto que venía por la vía para que por favor no le pasara por encima. El polluelo estaba aterrorizado: cada vez que me le acercaba movía las alas desesperadamente tratando de alzar vuelo, pero todavía no le daban las fuerzas ni las plumas. Hasta que finalmente lo pude agarrar.

Pedí una caja en una casa que estaba cerca y metí el pichón ahí sin tener idea de qué iba a hacer con él. R se hizo cargo de las bicicletas y nos vinimos caminando a casa; yo venía entre satisfecha por sentir que estaba ayudando al polluelo y súper nerviosa por no saber si de verdad lo estaba ayudando o si estaba metiendo la pata monumentalmente.

Para hacer el cuento más corto: resultó que uno de los vigilantes de mi edificio vive con una tórtola que él rescató (y que nunca se quiso ir a pesar de que vive con todas las ventanas abiertas), así que fuimos a preguntarle si tenía alguna recomendación que nos sirviera para ayudar al polluelo. Carlos —el vigilante— se ofreció a cuidarlo, teniendo precaución de no “socializarlo” demasiado para que cuando crezca vuele libre.

Se lo llevó para su casa y lo ha alimentado con amor y dedicación, hasta hizo un video en el que se ve cómo le daba comida con la mano (porque estaba muy chiquitín y todavía necesitaba que su mamá le ayudara) y después hizo otro en el que se le ve, ya más grande, picoteando un plato lleno de arroz y maíz picado mientras mueve las alitas entusiasmado.

De esta historia me conmueven tanto el polluelo como Carlos. Me parece muy bonito encontrar esos gestos de bondad, paciencia y desinterés, sobre todo cuando están dirigidos a animales a los que mucha gente rechaza (o simplemente ignora) por no ser de una de las “afortunadas” especies que consideramos beneficiarias de nuestro respeto y nuestros mimos. El pichón… o bueno, la tórtola —que ya creció y ya sabe volar y comer sola— sigue bajo el cuidado de Carlos y planeamos liberarla hacia el final de esta semana.

No sé cómo va a salir todo, pero sé que me siento feliz de haber parado para ayudar a ese polluelo asustado y de ver que existen personas como Carlos, que están dispuestas a salir de la zona de confort para ayudar a un animal que no va a poder retribuirle con “nada más” que con irse volando libre… que realmente no es poco.

Cuando no hay nada que podamos hacer

Ayer estuve dando un taller de tipografía en la mañana. Estuvo entretenido y pasé un buen rato. Cuando salí para tomar un bus de vuelta a mi casa, miré para un lado antes de cruzar la calle y vi a un pájaro pasar volando con movimientos como juguetones, me pareció lindo y me quedé mirando; se fue en una dirección, y luego en otra, y después en otra que lo acercó a la calle… y en un instante lo vi desaparecer debajo de la rueda de un carro. Desaparecer, literalmente.

No puedo ni siquiera explicar bien la imagen que vi (y que se me va a quedar grabada en la cabeza no sé hasta cuándo)… un animalito ágil, veloz, en lo que entendí como una manifestación plena de disfrute de la vida, quedó convertido en una mancha en el pavimento en cuestión de un segundo por una máquina gigante que él seguramente nunca hubiera llegado a comprender. No pude hacer más que ponerme a llorar… no había nada que pudiera hacer, sin importar cuánto quisiera ayudarlo nada lo iba a devolver a la vida.

Quedé con una sensación horrible que todavía no se me quita; me vine a mi casa a recostarme un rato y a esperar… que al final el único remedio que hay contra la tristeza es el paso del tiempo. Sigo viendo la imagen en mi cabeza una y otra vez y se me sigue rompiendo el corazón cada vez que la veo. Ni siquiera supe qué pájaro era.

Ojos que no ven…

Como te conté al principio, cada uno de estos pájaros me dejó pensando en algo diferente. La tórtola que se quedó encerrada en el edificio me dejó pensando en lo “incómodo” que es ver ciertas cosas, y en la ceguera voluntaria que desarrollamos los humanos para poder mantenernos dentro de nuestra zona de confort.

Si no hubiera tenido clase ese día posiblemente ni siquiera me hubiera enterado de que una tórtola se había quedado encerrada en el edificio… pero tuve clase, la vi, y me hizo querer ayudarla… y no poder ayudarla me hizo sentir impotencia y frustración. Y eso es incómodo, y duele. Por eso es que los humanos nos esforzamos tanto por hacer la mirada al lado, porque “ojos que no ven, corazón que no siente”… y hemos desarrollado una increíble capacidad para tener ojos que sí ven, pero que deciden no mirar.

El pichón de tórtola que encontré en medio de la calle me hizo pensar en cómo cambia una vida si alguien decide no hacer la mirada a un lado. Cuando lo vi pensé en la tórtola que no pude ayudar y —aunque estaba nerviosa porque no sabía qué hacer— me sentí afortunada por haberme encontrado con ese animalito indefenso y estar en una situación en la que sí que podía hacer algo por él. Si no lo hubiera agarrado seguramente le hubiera pasado un carro por encima en cuestión de un par de minutos… y no, aquí no sirve un “la naturaleza es así”, porque ESA no es la naturaleza.

Vivimos en un entorno urbano en el que los animales tratan de sobrevivir como pueden, pero ellos no están “equipados” para enfrentarse a muchas de las cosas que los humanos inventamos (y que por cierto en muchos casos nos hacen daño también a nosotros). Me hizo pensar también que en el mundo hay mucha gente bonita, como Carlos, o como la gente de Cascote, un perro macanudo que días antes habían compartido un texto que fue el impulso que necesité ese día para atreverme a agarrar al pichón (de hecho todo el tiempo venía pensando en ellos en el camino, confiando en que me ayudarían con recomendaciones… y lo hicieron, sólo que Carlos se les adelantó).

Y por último, el pájaro que desapareció debajo de la rueda del carro me hizo pensar en el dolor, en lo irreversible de la muerte y en las cosas que se salen de nuestras manos. No sé si era joven o viejo, si era macho o hembra o si tenía un nido con polluelos. No sé nada, sólo sé que un segundo estaba vivo y al siguiente ya no, y que tuve que ver todo, y que eso me va a seguir doliendo por mucho tiempo más. Casi siento que fue mi culpa por estar mirándolo cuando volaba; como que me gustaría pensar que si no lo hubiera visto eso no hubiera pasado… pero así no son las cosas. El mundo — y sus problemas— no desaparece porque lo dejemos de mirar.

A las tres aves me las encontré por pura casualidad, si hubiera llegado unos minutos más tarde lo más seguro es que ya no hubieran estado ahí, y ninguna de estas historias habría pasado. Digamos que la vida me las puso en el camino… hubiera querido ayudarlas a las tres, pero hay cosas que se salen de nuestras manos. Me queda un poco la tranquilidad de haber podido ayudar al pichón que estaba en la calle y la satisfacción de saber que lo vi y me quedé con él, a pesar de que pude haber seguido de largo. Seguir de largo en esas situaciones, para mí, ya no es una opción.

Ojos que no ven, corazón que no siente… y para mí vale la pena sentir, así que vale la pena ver. Prefiero mil millones de veces enfrentar dolor, frustración e incomodidad y poder hacer algo, que ser una más de las que hace la mirada al lado. Ya hay demasiada gente con ceguera voluntaria y yo quiero hacer todo lo posible por evitar que se me contagie.

Por cierto… cuando le conté a mi mamá lo del pájaro de ayer, me hizo acordar de una tórtola que ayudamos a salir de un supermercado el 31 de diciembre pasado. Nos dijeron que llevaba ahí encerrada varios días (con la ventaja de que podía sobrevivir picando lo que caía en el suelo), y nosotras nos pusimos a la tarea de atraparla… hasta que lo logramos. La tórtola salió y yo sentí paz. Me alegró mucho haberla visto y haber podido hacer algo por ella, fue una buena manera de terminar el año.