Feliz (?) día de la Tierra

A menos que estés muy desconectada de las noticias del mundo, seguramente ya sabes que hubo un incendio en la catedral de Notre Dame.

Y si has seguido un poco más de cerca el acontecimiento, seguramente ya sabes que causó conmoción, fue protagonista de no sé cuántas publicaciones, motivó al presidente de Francia a hacer una declaración en la que afirmaba que se coordinarán todos los esfuerzos para que la catedral esté reconstruida en cinco años, y llevó a que varios multimillonarios hicieran donaciones —que ya suman más de un millón de euros— para el trabajo de reconstrucción.

En un mundo que está pasando por una profunda crisis ecológica, que está plagado de desigualdad y de crisis humanitarias, es comprensible que tanta atención —y tanta plata— enfocada en el incendio de una iglesia (en el que no hubo más que tres heridos leves: dos bomberos y un policía, y que por muy bella que sea no es esencial para la existencia de nada ni de nadie sobre el planeta) haya despertado confusión e indignación entre muchas personas.

Pero no quiero hablar de si está “bien” o “mal” que le prestemos tanta atención a una iglesia, ni quiero especular en torno a las múltiples maneras en las que se podría usar toda esa plata. Lo que quiero es compartir algo que me quedé pensando al ver un video en el que Greta Thunberg se dirige al Parlamento Europeo y en el que, tomando el incendio de Notre Dame como punto de referencia, cuestiona la resistencia de los cimientos de nuestra civilización y pide a los políticos que piensen en “modo catedral”, actúen con urgencia y convicción, y promuevan los cambios que los millones de activistas menores de edad (movilizados y motivados por Greta) piden, pero por los que todavía no pueden votar.

Es un discurso claro y potente, como todos los que he visto de Greta Thunberg. Pero este tuvo una particularidad: cuando estaba hablando de la extinción de especies, de la pérdida de suelos fértiles y de la degradación ecológica del planeta, se le quebró la voz, se le aguaron los ojos y tuvo que hacer una pausa para contener el llanto, recomponerse y seguir adelante con lo que estaba diciendo.

Esa imagen —la de una chica de 16 años parada frente al Parlamento Europeo, hablando con la claridad que pocas personas tienen sobre una crisis que nos afecta a todxs, y con la voz quebrada a punto de llorar— me llevó a sentir a mí también el típico nudo que se siente en la garganta justo antes de que se desborden las lágrimas. Y me puse a pensar en lo escasa que es esa imagen, en que rara vez (si es que alguna) vemos a alguien en los medios tradicionales hablando del futuro de la vida en el planeta con lágrimas en los ojos, reflejando de manera transparente la tristeza, el miedo, la frustración, la indignación y la impotencia.

 

Lo “normal” es que las noticias y los hechos relacionados con la crisis ecológica sean presentados con cierta frialdad. Incluso en medios alternativos lo deseable es mantener la calma y cerrar siempre con algún dato optimista, no sea que nos tilden de exageradas, emocionales, y que corramos el riesgo de bajarle demasiado la onda a las personas que están leyendo.

 

Yo misma vengo preguntándome desde hace tiempo cuáles podrán ser los puntos de equilibrio que funcionan para mí, en mi esfuerzo por compartir cuestionamientos, experimentos y aprendizajes relacionados con sostenibilidad y transición a estilos de vida más equilibrados con el planeta. ¿Hasta qué punto “aguar” la información para que llegue a más personas —sobre todo a quienes todavía son más indiferentes a estos temas—, aún sabiendo que así me arriesgo a obviar la gravedad de la crisis?¿Hasta qué punto comunicar la gravedad de la situación, sabiendo que algunas personas van a preferir mirar a otro lado para no tener que enfrentarse con información tan incómoda?

De hecho, durante un tiempo (mientras pasaba por una etapa difícil de depresión) sentí que no valía la pena seguir compartiendo mi búsqueda y mi proceso en estos temas porque no venían de un lugar “light” y cargado de esperanza, de “entre todxs podemos cambiar el mundo” sino de una visión un poco más oscura (hablé un poco sobre eso en esta publicación), menos alegre y con una fuerte necesidad de hablar abiertamente de lo mal que está el mundo y de lo doloroso que resulta verlo cada vez con más detalle y atención.

Afortunadamente tengo cerca otros humanos que también son conscientes de la gravedad de la crisis ecológica, que en mis momentos de profunda tristeza siempre han mostrado comprensión, y nunca han tratado de convencerme de que no es para tanto. Pero por fuera de esa “burbuja” sí me he encontrado muchas veces con personas —incluso amigxs cercanxs— que me dicen que estoy exagerando, que cómo va a ser tan grave, que estoy sacando las cosas de proporción, que no puedo ser “tan sensible”. Posiblemente a ti te ha pasado algo parecido, si has tratado de hablar de tu preocupación por el equilibrio del planeta, o de nuestra relación con los animales, o de la contaminación, el calentamiento global, etc., con personas que no tienen interés en el tema, o por lo menos no el suficiente para estar abiertos a afrontar la incomodidad y el dolor y ver qué pasa más allá de sus propios ombligos.

Y no es sorprendente que esto sea así, teniendo en cuenta que vivimos en un momento en el que en nuestras sociedades la meta máxima es “alcanzar la felicidad” (como si fuera un estado definitivo y estable al que se llega y en el que es posible mantenerse de manera perpetua) mientras al mismo tiempo aprendemos a subestimar la importancia de otras emociones, sobre todo de la tristeza. Y no es posible hablar abiertamente de crisis ecológica si no aceptamos que la tristeza es una parte inevitable y esencial del proceso.

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La tristeza y la rabia son necesarias para identificar las cosas que sentimos que necesitamos cambiar, pero suelen ser vistas con desconfianza (sobre todo la rabia, que se asocia con la violencia) y con impaciencia, como si fueran simplemente estados indeseables que hay que superar cuanto antes, sin dedicarles atención y mucho menos reflexión.

Pero la verdad es que no es posible hablar de nada de lo que es importante y urgente hablar si no aceptamos el espectro completo de las emociones humanas. La única manera de resolver un problema es empezando por aceptar que tenemos un problema. Este problema —la crisis ecológica— es grave, deprimente, preocupante, frustrante, aterrador. Es apenas natural que duela, que den ganas de llorar, que sintamos miedo y tristeza.

Yo creo que parte esencial de nuestra tarea de aprendizaje y comunicación en torno al equilibrio del planeta es que dejemos de esconder eso que sentimos. El planeta necesita este dolor, porque el dolor es una señal de que algo no está bien y un llamado a hacer algo urgente. Si seguimos reprimiendo nuestra preocupación las cosas seguirán el camino que llevan, y difícilmente vamos a lograr los cambios radicales que necesitamos.

Al planeta no lo vamos a “salvar” con solo sonrisas y optimismo y dándonos palmaditas en la espalda por haber dejado de usar una bolsa de plástico. Estamos atravesando una crisis global, y es necesario que actuemos de acuerdo a eso: aceptando que duele, que da miedo, tristeza, impotencia, indignación, rabia y frustración. Todas esas sensaciones son llamadas a la acción, a cambiar lo que duele, a hacerlo de manera urgente.

 

No es nuestro deber callar ni reprimir esas emociones y sensaciones para evitar incomodar a quienes no quieren hablar sobre esto. Es nuestro derecho escucharnos, reconocer lo que sentimos, aceptar su importancia y su valor, y usarlo para tener la fuerza y determinación que se requieren para afrontar un problema de esta magnitud.

 

Hace unos días asistí a un evento que se llamó “En Femenino”, donde uno de los conversatorios era con la autora Colombiana Carolina Sanín. No recuerdo exactamente qué tema fue el que la llevó a hablar sobre la rabia, pero dijo algo que me gustó mucho y me pareció muy importante recordar: “la rabia es una emoción muy fecunda, porque de ahí sale la protesta”.

Y eso me gustaría complementarlo con un párrafo que escribí hace tiempo, hablando sobre la sensibilidad (y, en el fondo, sobre la tristeza):

«Yo creo que esforzarnos por ser “menos sensibles” es parte del problema, de lo que nos ha traído hasta donde estamos, y ese “donde estamos” no pinta nada bien. Si por ejemplo en el pasado hubiéramos tenido líderes más sensibles, seguramente la historia hubiera sido diferente… ¿menos guerras, menos explotación a otros humanos y animales, menos invasión a territorios que no nos pertenecen? Me atrevo a afirmar que sí.»

En fin. Con todo esto a lo que quiero llegar es a una invitación: acepta y agradece tu rabia, tu dolor y tu tristeza. El planeta necesita gente que esté dispuesta a sentir esas cosas; si no las sentimos, terminamos por anestesiarnos frente a lo que está pasando, y si hay algo que caracterice a una persona anestesiada es su incapacidad para reaccionar frente a cualquier cosa. El dolor es una señal de que estamos vivas y estamos notando algo que no está bien. Hagámosle caso.

Feliz poderoso día de la Tierra a todas las personas que se permiten sentir tristeza (y miedo, y rabia, etc.) por todo lo que le estamos haciendo al planeta, y sobre todo a quienes están trabajando para encontrar maneras de convertir esa tristeza (y miedo, y rabia, etc.) en acciones concretas que sirvan para construir el cambio que todos —incluyendo quienes no quieren hablar de esto y piensan que estamos exagerando— necesitamos.


El discurso completo de Greta Thunberg lo puedes ver aquí.

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  • Últimamente estoy con mucha tristeza con este tema, me deja el pecho vacío y me dan muchas ganas de llorar. Lloro con mucho sentimiento, con dolor. Siento miedo, y mucha angustia. Me invade la impotencia y a veces la rabia y pienso algunas veces si no seré demasiado sensible y exagerada. Pero luego vuelvo a mi cause, cosas como estas que escribes, gente como tu o como Greta, me dan fuerzas y me inspiran. Gracias Mariana.

  • Me hiciste recordar una parte de un poema de tu abuelo: “Hoy tiene la vida el gran desencanto de saberme triste, tiene la tristeza para mí el encanto de saber que vivo”

  • «Acepta y agradece tu rabia, tu dolor y tu tristeza.» Esta reflexión resuena mucho conmigo y me hace agradecer mucho los eventos de mi vida que me llevaron a hacer un psicoanálisis. Siempre fui muy sensible pero esta terapia me enseñó a no sólo sentir sino escuchar lo que siento, y a darle espacio. Estoy convencida de que permitirse sentir y escucharse es la primera etapa para resolver cualquier problema.

    Saludes! :)

  • Mariana! Muchisimas gracias por esta publicación. Creo que de todo el blog esta es de las publicaciones que más me ha ayudado en mi proceso. Que valiosa reflexión, gracias, gracias.

    Te deseo a ti también un poderoso (atrasado) día de la tierra.

  • Muchas gracias por esta conmovedora reflexión, Mariana.
    Ánimo a todos los que sí nos permitimos aceptar estos sentimientos que nos hacen ponernos en marcha.
    :)

  • Wow! Qué buen post, muy de acuerdo con lo mencionado, me gusta como a temas que pueden ser un tanto ya manoseados se les da una nueva lectura, conectándolos con coherencia y de manera se asertiva en pos de dar una opinión, hacer una crítica constructiva y motivar e interpelar a una toma de consciencia. Valoro mucho la capacidad de tomar temas que pueden parecer muy diferentes, como lo emocional con lo ambiental, y mimetizarlos de una forma complementarla para dar cuenta de que una vez más Nada esta separado realmente, de hecho sí tienen mucho que ver.
    En esto hay un talento, y se agradece la generosidad de compartirlo.

  • Gracias por compartir tus reflexiones. Desde muchas partes del mundo, yo te hablo desde España, está generándose un cambio y una mayor sensibilización. No es tan rápido como nos gustaría a muchos, pero piensa si el Dr. Luther King hubiese desistido en su empeño a la primera de cambio, aún hoy día sus palabras tienen vigencia. Gracias a él ha habido profundos cambios en USA y en el mundo entero en cuanto a derechos humanos. Lo mismo pasa con la sostenibilidad, hay que divulgar y hacer lo que esté en nuestra mano, sólo con que hayas hecho pensar a una única persona, ya habrá valido la pena. Un cordial saludo.